El 7 de diciembre de 2022, Jennifer Lawrence declaró desatinadamente en una entrevista que no había mujeres en papeles protagónicos en películas de acción. Inmediatamente, muchos salieron a recordarle a Jennifer Lawrence que hay y ha habido mujeres en papeles protagónicos, Linda Hamilton, Sigourney Weaver y Uma Thurman, por mencionar algunas.
La ciencia en México no dista mucho de lo que ocurre en Hollywood, hay mujeres grandes en la ciencia, pero parece que nos hemos olvidado que están ahí y las razones detrás de esto son difíciles de explicar.
Es cierto que hay muchas personas haciendo ciencia en México, muchas de ellas, mujeres, pero desafortunadamente, hacer un big discovery es cada vez más difícil, tengas los cromosomas que tengas.
Paralelamente, tenemos una brecha creciente entre el público general y los científicos, de modo que es difícil enterarse de los ya de por sí minúsculos hallazgos, a menos que pertenezcas a las áreas en donde ocurren dichos hallazgos.
La carrera de una científica en México es por demás difícil, la sociedad machista en la que vive el país, pone a las mujeres de ciencia en una carrera llena de obstáculos:
La preferencia por parte de las instituciones por contratar hombres antes que mujeres, la presión sociocultural asociada a los deberes de una científica que como mujer debe cumplir -hogar, familia, pareja-, el constante acoso y hostigamiento por parte de sus compañeros y superiores; y como si esto no fuera poco, la competencia que tienen contra otras mujeres e incluso consigo mismas.
Si a lo anterior le sumamos la dificultad inherente de hacer ciencia en México en donde cada vez hay menos apoyo económico, y cada vez hay más gente inepta en puestos directivos, la visibilidad de las mujeres en ciencia en México se hace muy, pero muy chiquita.
Dicho lo anterior, mis declaraciones no son diferentes a las de Jennifer Lawrence, si ha habido grandes científicas en México, y las hay, y las habrá.
Rosa María Ahidé López Merino nació el 26 de diciembre de 1945, estudió la carrera de Químico Bacteriólogo y Parasitólogo en la Escuela Nacional de Ciencias Biológicas (ENCB). Siempre talentosa y nadando contra corriente, sus profesores la comparaban con quien años atrás había dejado huella en la ENCB -y en este autor, dicho sea de paso- el célebre Gabriel Guarneros. Ahidé brillaba por si misma, pese a la sombra que le había sido impuesta por los profesores.
Contra todo y contra todos, Ahidé fue haciéndose de una trayectoria bastante más que reconocible en el área de la Brucelosis, una enfermedad zoonótica (que puede transmitirse de animales hacia el humano) muy prevalente en México y el mundo. Por su talento, estuvo en Francia aprendiendo de los mejores en ese entonces, las técnicas y procedimientos para el diagnóstico, manejo e investigación de ese bichito tan raro, tan malévolo y tan adorable, Brucella
De a poco se fue haciendo de un renombre tal, que en México, si se hablaba de Brucelosis, se tenía que hablar de Ahidé López Merino, si en América Latina se hablaba de Brucella, se hablaba de Ahidé, y si en el resto del mundo se hablaba de Brucella, con frecuencia aparecía su nombre.
La fama trae consigo algún número de beneficios, en México le autorizaron a abrir el primer laboratorio para el diagnóstico y vigilancia epidemiológica de Brucella en lo que ahora es el Instituto Nacional de Diagnóstico y Referencia Epidemiológica
La fama trae consigo algún número de dificultades, la ENCB nunca se caracterizó por ser una escuela callada, para bien y para mal, lo que se tenía que hacer y decir, se hacía y se decía.
Ahidé trabajaba patógenos de bio seguridad 3, representando un riesgo para el Laboratorio de Microbiología General y para los que en él trabajaban. Como pudo, Ahidé continuó investigando Brucella en el departamento de Microbiología, con restricciones, con trabas, con todas las miradas puestas en ella esperando a que se presentara el primer caso de brucelosis por mal manejo del material biológico.
Los logros en la ciencia son cada vez más pequeñitos, o eso parecería si sólo nos concentráramos en la parte objetiva de la ciencia, las moléculas, los mecanismos, las teorías y teoremas que explican el mundo.
Pero si leemos entre líneas, si comenzamos a ver más de cerca y si incluimos también la parte subjetiva, es evidente que hay científicos que se destacan por sus grandes acciones, las buenas y las malas.
En el otoño de 2003 escuché a Roberto decir que la doctora Ahidé era como una segunda madre para él, en ese momento casi explotaba de la risa que traía por dentro, pero en 2007 finalmente había entendido lo que Roberto había querido decir, y en 2022 no podía estar más de acuerdo, la doctora tenía hijitos regados aquí y allá.
Roberto comenzó su empresa de producción y control de biológicos a principios de los 2000s, Omar ahora tiene un laboratorio regional de diagnóstico en Torreón.
Araceli es investigadora de renombre en el IPN, Francisco Manuel es microbiólogo, y médico, y empresario, y excelente ser humano, José Arturo es profesor del IPN y jefe de área en una de las empresas de biológicos más importantes del país, Karellen continúa con su carrera de investigadora en Francia y dicho sea de paso tiene un restaurante de comida fusión. Yo, yo echándole ganas en Cambridge. Todos tenemos en común que la doctora Ahidé nos adoptó como sus brucelitos, nos formó como científicos y nos puso en el camino adecuado para seguir creciendo tanto como nosotros quisiéramos.
Lo mismo podría decirse de muchos otros investigadores en México, pero me atrevería a apostar que la mayoría de egresados de cualquier carrera científica en México (y que desde luego hayan hecho tesis), no necesariamente recuerdan a sus directores con amor, no me refiero a afecto, o respeto o admiración, AMOR, con todas sus letras.
Ahidé es de esas pocas (o muchas) científicas que hay en México. Ahora, ya retirada de la investigación, vive una vida tranquila visitando las playas de La Paz, con la persona con quien comparte tiempo y espacio. La tranquilidad que trae consigo una vida de logros, una consciencia limpia, una pasión por el oficio y desde luego una merecidísima pensión, es posiblemente la mejor recompensa que un científico puede tener.
En efecto, Ahidé hizo numerosos hallazgos y aportaciones para el entendimiento de la brucelosis en México, América Latina y el mundo; abrió caminos inexplorados en la epidemiología nacional, pero mucho más que eso, funge como un modelo a seguir para muchos de los que en algún momento fuimos sus estudiantes.
Jennifer Lawrence tuvo que recapacitar mucho sus declaraciones, siempre ha habido mujeres protagonistas en películas de acción, sólo que olvidamos que ahí están
La ciencia en México no es muy diferente de Hollywood, y así como hay actrices como Linda Hamilton, Sigourney Weaver y una larga lista, en el Sistema Nacional de Investigadores y en la memoria de todos sus alumnos, siempre estará el legado de mamá Ahidé.
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