La república mexicana está asentada sobre tres placas tectónicas: la placa de Norteamérica, la placa de Cocos y la placa del Pacífico. Esta configuración hace que México sea un lugar particularmente diverso en orografía, vulcanismo y, de forma muy importante, en actividad sísmica.
Desde que existen registros geológicos, se han reportado 32 terremotos con una magnitud superior a los 7.5 en la escala de Richter, sin embargo, cualquier habitante de la ciudad de México sabe que un sismo incluso de magnitud menor, puede dejar huellas imborrables.
Para los mexicanos, el sismo más recordado es el del 19 de septiembre de 1985, del cual a sus casi cuarenta años, se siguen sintiendo sus efectos cual si fueran replicas de efecto prolongado. En 1985 muchos edificios en la ciudad de México colapsaron, afectando a miles de habitantes de la gran urbe.
Mi papá aún nos cuenta como él y los tíos fueron a apoyar a los damnificados, en forma de excavadoras humanas que podían movilizar escombros para poder rescatar a todo aquél que hubiera podido sobrevivir. Muchas personas fallecieron, otras tantas desaparecieron y muchas más fueron desplazadas al perder sus viviendas y tuvieron que ocupar incluso de manera ilegal los espacios disponibles en las zonas aledañas a la ciudad de México.
Ecatepec pasó de ser el refugio temporal de los damnificados, a convertirse en su sitio de residencia permanente, muchos de los refugiados al no tener prácticamente nada para subsistir, y menos para reiniciar sus vidas, recurrieron a la vida delictiva para sobrevivir.
México es un país que no deja ni dejará de sorprender. Tras el sismo del 19 de septiembre de 1985, cada año en la misma fecha se realiza un simulacro a nivel nacional, en principio se realiza para preparar a la población ante la eventualidad de un sismo, pero realmente es para conmemorar aquel trágico día.
La mayoría de los habitantes no tomamos muy en serio el simulacro, o por lo menos no lo hacíamos hasta antes de 2017. El 19 de septiembre de 2017, unas horas después del mega simulacro, un sismo de magnitud 7.5 en la escala de Richter, literalmente azotó a la ciudad de México.
No hubo tantos daños materiales como en 1985, pero eso no quitó que hubiera el mismo saldo, gente que falleció, gente que perdió su domicilio, gente que desapareció, gente que mostró su lado más humano y gente que sacó lo peor de sí.
Yo estaba en shock, me tocó sentir el sismo estando en un sexto piso en la colonia Roma, la sensación es indescriptible, y desearía en la medida de lo posible, irrepetible. Tras saber que mi familia y mis seres queridos estaban bien, retomé el camino a casa.
Esa noche no dormí, me quedé en vela arreglando mi bicicleta porque al día siguiente tocaba ir a entregar medicamentos, víveres y apoyo a los damnificados, tal como habían hecho mi papá y mis tíos hacía 32 años.
Y México siguió sorprendiendo
En
2022, durante el vuelo de Reino Unido a México, pensaba que quizá
no era buena idea ir a la ciudad de México en temporada de sismos.
No hay tal cosa diría cualquier científico que se respete,
pero todo buen chilango sabe perfectamente que septiembre es
temporada de temblores. Un científico chilango -yo
merengues- con un hermano geólogo -otro científico chilango-,
no sabía que pensar al respecto.
Santa Clara tiene la maldición y la bendición de tener un cerro canterable de piedra caliza, una bendición porque absorbe la mayor parte de los movimientos telúricos, y en consecuencia los sismos son apenas perceptibles en la casa familiar. La maldición del cerro viene cuando la gente con una necesidad de encontrar una vivienda, cualesquiera que sean sus razones, comienza a invadir legal e ilegalmente los espacios disponibles en el cerro. Lo anterior sin mencionar la cantidad de transacciones narco menudistas que se realizan tan pronto desaparece la creciente mancha de urbanidad que se va comiendo poco a poco al Cerro Gordo de Santa clara.
Las viviendas ubicadas en el cerro son un universo aparte, si bien hay menos discriminación entre habitantes, también hay más pobreza, hasta los perritos callejeros tienen peor suerte en el cerro -donde usualmente mueren- en comparación con la zona central de la colonia, en donde no falta quien les cuide y hasta quien les adopte.
La accesibilidad a las viviendas del cerro es en extremo limitada, pensar en tener un coche es impráctico. El agua potable, que de por sí es escasa en la zona centro de la colonia, lo es aún más en las viviendas del cerro.
Con todo y eso, la nueva pobreza no impide que en cada casa a media construcción haya una antena de televisión de paga, porque no vaya a ser que los habitantes se queden sin su futbol o sin ver sus telenovelas. Lo mismo ocurre con el agua, el agua potable puede faltar, pero es impensable que los habitantes se queden sin su coca cola o sin su cerveza.
El 17 de septiembre de 2022, Sara me invitó a la celebración de su cumpleaños para ir a bailar... el 19 de septiembre.... 19 de septiembre. México no deja de sorprender, y esa ocasión no sería la excepción. Contra todo pronóstico (o más bien, a favor de todo pronóstico), se presentó un sismo de magnitud 7.7 en la escala de Richter que azotó nuevamente al país.
Como si la repetición de las fechas no fuera algo ya de por si demasiado coincidental, el sismo de 2022 se presentó con menos de 10 minutos de diferencia del sismo de 2017. Por días se habló acerca de la coincidencia de fechas, de horas, de posibles causas y de la mal llamada temporada de sismos y, de lo afortunados que fuimos al no tener la cantidad de daños que hubieron en 1985, o en 2017.
Desde su fundación en tiempos prehispánicos, la ciudad de México ha tenido problemas de gestión y logística. Asentarse sobre un lago no es justamente la mejor idea del mundo, mucho menos lo es asentarse en un país que se ubica entre tres placas tectónicas. Obviamente, nuestros antepasados no llevan responsabilidad ni culpa, las placas tectónicas son pese a todo, un descubrimiento relativamente nuevo.
México no deja de sorprender
Tras el sismo de 2017 y el sismo de 2022, a los millennials y a los gen-Z nos tocó tomar la iniciativa, tomamos cursos de protección civil, de primeros auxilios, de búsqueda y rescate, y de todo aquello que podamos aprender para que el siguiente temblor fuera más llevadero. En México la gente no sabe cuando va a ocurrir el siguiente temblor, pero saben perfectamente que vendrán no sólo uno, sino varios más. Este pensamiento trae consigo una serie de ideas que como bola de nieve van creciendo, para bien y para mal.
Los problemas de gestión y de logística han permanecido constantes en la ciudad de México, para nadie es secreto que dichos problemas están asociados a múltiples factores que operan armónicamente para crear una receta de destrucción: trabajos mal realizados, materiales de construcción de baja calidad, tiempos cortos de planeación y de desarrollo, agencias de bienes raíces que con tal de generar dinero a corto plazo, hacen lo que sea necesario para entregar desarrollos residenciales a la creciente población de la ciudad de México. La competencia extrema en el sector de construcción abarata la mano de obra, sin necesariamente garantizar la calidad de los trabajos realizados.
La población en la ciudad de México es un ente en permanente crecimiento, crece porque la ciudad de México es esa tierra prometida en donde habrá oportunidades, trabajos, vivienda y educación… nada de ello es del todo cierto.
Aunado a todo, los políticos que nos gobiernan no se tientan el corazón y permiten que todo lo anterior siga pasando, porque necesitan tener contenta a la ciudadanía, al presidente, a las compañías constructoras y a su ambición, insaciable e imparable.
Y México seguirá sorprendiendo
Con cada sismo que ocurre, cosas buenas y cosas malas pasan.
Ante cada emergencia se acaba el clasismo y el racismo imperantes en México, y al canto de Cielito Lindo, whitexicans, nacos, godinez, mirreyes, fresas, chairos y prianistas dejan detrás sus diferencias y prejuicios, y hacen lo que sea necesario para ayudar al prójimo, sea del color que sea. Eso no quita que el aftermath sea más amargo que dulce, y que constantemente veamos facetas innecesarias y detestables tanto de la política como de la misma sociedad.
Tras el sismo de 2017 se destinaron fondos a los damnificados, mismos que fueron desviados por partidos políticos para sus campañas electorales. En 2019 y 2020, al no haber sismos, los
fondos para el apoyo ante desastres naturales, fueron saqueados por el presidente para alimentar sus proyectos insignia, a pesar de que aún había damnificados de 2017 que no habían sido atendidos adecuadamente.
Mucha gente se preocupa por el futuro, y hay pocas cosas que son seguras. En tanto México siga situado entre tres placas tectónicas, tendremos la certeza de que seguirá habiendo sismos, y también tendremos la certeza de que el lado bueno de la sociedad saldrá cuando más se le necesite, y también tendremos la certeza de que la política y la sociedad sacarán el cobre en el aftermath de cada sismo.
Me atrevo a decir que todo lo anterior podría pasar un 19 de septiembre... no importa cuando leas esto.
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