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Remigio

Las familias de mediados de los setentas en adelante y hasta bien entrados los noventas eran una obra maestra en México al ser causa y consecuencia de un machismo prevalente y de su ríspida riña con el feminismo que comenzó a hervir en los sesenta a nivel mundial. En esas décadas no era raro ver familias grandes.


Con veintitrés primos, la familia Flores López era bastante extensa y la familia López Ramírez no se quedaba atrás con 18 primos. Ambas familias representaban universos distintos con sus propios usos y costumbres.


La familia del lado Flores López siempre fue fría en superficie e incluso inexpresivo, pragmáticos podría decirse, pero eso no significaba que no hubiera amor. Contrariamente, del lado de la familia López Ramírez, siempre hubo comunicación verbal pero el amor, aunque presente, por lo menos yo, lo sentía muy superficial.


Las muertes de cada uno de los cuatro abuelos marcaron un antes y un después en ambas familias, y de forma coincidental, los primos comenzaron su diáspora que los llevaría a muchos lugares. De la familia Flores López, Enrique fue de los primeros en tomar su propio camino, viviendo ya la mayor parte de su vida en la Unión Americana.

Con Enrique había poca comunicación pero siempre un lazo invisible de confianza. Liliana migró al Reino Unido y, posteriormente regresó a México para radicar en Colima. Daniela y Gloria en el estado de Hidalgo, Rosario en la ciudad de México y varios primos más viviendo aún en Santa Clara.


De la familia López Ramírez, los primos estaban igualmente desperdigados en los estados de Querétaro, México y ciudad de México.


Pocos eventos unen a las familias, uno de ellos son los nacimientos, pero lo son aún más los funerales. Los primos nos tendremos juntos muchos años, y nos veremos caer uno a uno. Tristemente, a los tíos nos tocará irles velando cuando muchos de nosotros seamos jóvenes.


A un año de la pandemia y con complicaciones secundarias, Remigio, padre de cinco, abuelo de once, falleció; y con él se fueron muchas palabras que no se pudieron decir.


A la familia Flores López no le gustaba dejar las cosas a medias, lo que se tenía que decir se decía, fueran buenas palabras o no. A mi no me gusta extrañar, y cierto es que las personas que he perdido les he dicho lo que les tenía que decir, lo que no es lo mismo que les haya olvidado, para bien y para mal, tengo una muy buena memoria.


A mi abuelo Herón lo recuerdo serio, quejoso, pero trabajador. A mi abuelo Rogelio lo recuerdo sonriente, bromeando, cantando, disfrutando y queriendo. A mi abue Julia la recuerdo con mucha frecuencia, recuerdo su jardín, sus cigarros a escondidas, recuerdo que ella me enseño a preparar crema de chile poblano y la recuerdo por mil cosas más. A mi abue Lupe, tan compleja como haya sido nuestra relación, la recuerdo en sus últimos días siendo una persona que parecía vivir en una realidad alterna, quizá voluntariamente, quizá como consecuencia de tantas cosas que había vivido.


Antes de Remigio habían fallecido tres de mis tíos, Heraclio a quien recuerdo como una persona complicada en una cadena de maltrato... la vida lo trató mal, y él, sin que fuera su intención desquitarse, transmitía ese maltrato a mucha gente a su alrededor en forma de bromas pesadas. Eso no quitaba que le apreciáramos, saliendo de la escuela, mi hermano y yo pasábamos mucho tiempo en su puesto de dulces, jugando en su casa con mis ahora distantes primas Roxana y Paola.


Paco fue un caso especial, él era el tío que todo mundo adoraba y que genuinamente no merecía la vida que le tocó. De él aprendí a trabajar cosas eléctricas, a perderle el miedo al teclado, a apreciar la música folclórica, y en conjunto con su relación con Nicho, a apreciar a mi hermano cuando más me hizo falta apreciarle (perdón hermano).


Imelda, en parte por la brecha que suponía la distancia y en parte por la brecha que las inmamables de sus hijas se encargaron de construir y alimentar, fue convirtiéndose poco a poco en una sombra pequeñita de lo que alguna vez fue. De ella aprendí a sonreirle a todo y a todos.


Con todo el entrenamiento que viene de enterrar a tus cuatro abuelos, de velar a uno de tus primos y de ya no tener a tres de tus tíos, hay despedidas que son diferentes. La muerte de Remigio dolía diferente, dolía más, y sabía muy bien por qué era. Como bien dije, las demostraciones afectivas de ese lado de la familia eran ausentes cuando menos, breves cuando más, pero el amor nunca faltó.


La relación con Remigio es como un cactus, sabes que ahí va a estar, y que echándole agüita va a sobrevivir e incluso va a prosperar. Pero si le pones mucha agua (o nada de agua), olvidalo, tu cactus se acabó. Remigio siempre estuvo presente en los asuntos familiares, fueran de trabajo o de celebración, y esa era el agua que había que darle al cactus.


Mi regreso a México coincidió con el aniversario luctuoso de Remigio, ese día tenía mi cita con Ale, pero elegí estar con mi familia. Como he reiterado, no me gusta extrañar, pero tampoco pude despedirme de él, como si lo había hecho con Herón, Rogelio, Julia, Guadalupe, Heraclio, Paco o Imelda.


Aunque todo lo que había que decirle a Remigio se lo dije en vida, le debía un adiós y me lo debía a mi mismo.

Pocos eventos unen a las familias, el aniversario luctuoso de Remigio no era una causa de celebración pero estábamos los primos, por lo menos los que debíamos estar.


Platiqué largo y tendido con Rosario, acerca de los planes, de sus hijos, de su futuro, del mio. Descubrimos que su hijo tiene un tatuaje similar a uno de los míos, en el mismo brazo. Platicamos de que su otro hijo está interesado en el cómputo. Platiqué con Daniela acerca de como ha cambiado la colonia; con Gloria acerca de sus nietos; con Jorge acerca de como su hijo le dado tremenda batalla a la leucemia.


Hacía tiempo no veía a mis primos, pero con ellos atesoro memorias de la niñez que irían conmigo a donde yo vaya.


A la familia Flores López no le gusta dejar cosas a medias, y lo que haya que decirse se dirá. Ese día me despedí de mis primos y les hice saber lo mucho que les quiero y aprecio. No porque no les quiera volver a ver, sino porque no tenemos la vida comprada. Si mañana, o ellos o yo ya no estamos en el plano terrenal, sabríamos de forma silenciosa que nos quisimos, nos queremos y a donde vayamos ahí estaremos.


A mis primos:

Les quiero mucho, gracias por tanto, nos vemos un día de estos.


A Remigio:

Gracias Tío, el amor verdadero va más allá de un te amo y eso, si bien lo aprendí con mamá y papá, lo puse en práctica cada vez que cruzaba camino contigo.

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